No alardeo de ser experto en nada. Conozco del cónclave por lo que he podido leer y ver en los medios. Claro que ví The Two Popes y The Conclave por Netflix, hasta el nuevo Papa lo hizo. Ahora estoy viendo las series de The New Pope, con Jude Law. ¡Excelentes!sin embargo, nada eso me hace experto en cónclaves ni nada parecido.Finalmente acabo de ver el videoclip de Jugando Pelota Dura de la otra noche, donde se formó la de San Quintín (el tema lo amerita) entre un pastor bautista y un cura. El primero afirmaba que la elección del nuevo Papa fue una decisión política. Por su parte, el cura en el panel se sintió ofendido pues postulaba que fue, como en todas las ocasiones, una intervención del Espíritu Santo.
Cada vez que se anuncia un cónclave papal, muchos imaginan un proceso místico. Cardenales rezando bajo obras de arte de Miguel Ángel, esperando que el Espíritu Santo les inspire el voto correcto. Pero aunque la fe guía, lo correcto es aceptar que la política nunca está ausente en una elección papal. Y no es la política barata partidista. En ese contexto hay que interpretar que el concepto “política” es mucho más abarcador. He leído que elegir un Papa es también una decisión cargada de historia, estrategia, geopolítica… y de necesidades internas de la iglesia católica. Y lo creo.
Luego de la muerte de Juan Pablo I en 1978, fue elegido Karol Wojtyła, un arzobispo polaco venido del bloque comunista. Fue el primer Papa no italiano en más de 450 años de esa organización. Su elección fue vista entonces como un acto de valentía. Lo recuerdo como Papa joven, carismático, firme en doctrina religiosa y un símbolo de resistencia ante la opresión que representaba en el bloque de países la unión soviética. Lo vi de lejos desde un puente elevado cuando pasó por la Baldorioty de Castro en su Papa Móbil, dirigiéndose a San Juan en su única visita a PR. El consenso es que su elección no fue solo un acto de fe, sino una jugada de geopolítica formidable a nivel global.
En 2005, tras la muerte de Juan Pablo II, le tocó el turno a Joseph Ratzinger, que escogió llamarse Benedicto XVI. Era Alemán, conservador, y y un teólogo muy respetado, que representaba la continuidad doctrinal. (Lo representó Anthony Hopkins en El Cónclave, luciéndose como el gran actor que es). La elección del Papa Benedicto fue rápida. El cuerpo de cardenales quería orden, ortodoxia y defensa ante un mundo cada vez más secularizado. Si se quiere categorizar de algún modo, Benedicto fue un Papa para “cerrar filas”.
En 2013, sin embargo, el Papa Benedicto renunció. Lo hizo en un contexto de escándalos por abusos sexuales, pedofilia, filtraciones del Vaticano y en medio de una crisis institucional. Entonces llegó el argentino Jorge Bergoglio, jesuita, de costumbres frugales y con un enfoque pastoral directo.
Bergoglio fue el primer Papa latinoamericano y el primero en asumir el nombre de San Francisco de Asís, santo de los pobres. El consenso de historiadores del Vaticano es que su elección fue tanto un acto de renovación institucional de una Iglesia desgastada por el escándalo, así como un giro geopolítico: el Sur Global hablaba al centro del catolicismo. Cuando dicen que “el Sur Global hablaba al centro del catolicismo”, se refieren al giro histórico que implicó la elección del Papa Francisco. Por primera vez, la máxima figura de la Iglesia Católica provenía de América Latina, una región que, junto a África y Asia, concentra la mayoría de los católicos del mundo pero que históricamente había sido marginada del poder en el vaticano. Esa elección no solo rompió con la tradición europea del papado, sino que también llevó al centro decisional una visión marcada por la realidad de las periferias humanas, es decir, la pobreza, desigualdad, migración, violencia y exclusión. Francisco representó ese otro rostro del catolicismo, uno más pastoral que doctrinal y religioso, más enfocado en la justicia social que en las formas, y que desafiaba el viejo clericalismo romano desde una Iglesia con los pies en la tierra.
Por eso, creo que cada elección papal ha respondido a su contexto. La fe de la Iglesis está presente. Sin embargo, entran en la ecuación los equilibrios de poder, la región de origen, la edad del candidato, y las presiones sociales y morales del momento. Como el viento que sopla Bairoa, el Espíritu Santo sopla… pero los cardenales también negocian.
No he estado ni estaré en un cónclave. Pero sé que no es un reality show, como se imaginan muchos, en el que los cardenales se tiran al suelo a rezar para que llegue el Espíritu Santo y les aconseje. No creo que eso trabaje así. El cónclave no es novela pero no le falta drama. Tampoco hay cámaras ni micrófonos, pero sí muchas maniobras estratégicas entre el cuerpo de cardenales que escoge al Papa. Hay bloques de respaldo y cálculos geopolíticos. Estoy seguro que cuando al fin sale el humo blanco por la chimenea, no siempre el “Habemus Papam” se refiere a un anuncio de un santo en potencia, sino al que resultó ser el mejor que jugó el complejo ajedrez del Vaticano.
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