Trump finalmente tendrá su desfile militar, para dizque celebrrar el Día de la Bandera estadounidense. Se destacarán por la calle más importante de Washington más de 6,000 soldados, 50 aeronaves, 150 vehículos y hasta tanques retumbarán por allí en lo que el trompo ha descrito como “una celebración del poderío estadounidense”. Costará, dice el Pentágono de Hegseth, hasta $45 millos, Pero para Trump, eso son “peanuts compared to the value of doing it”.
La ironía no podría ser más grotesca y de tan mal gusto. Mientras su administración usa la motosierra presupuestaria contra agencias que procesan el Seguro Social, recaudan impuestos, la Salud, regulan alimentos, protegen el ambiente, FEMA, o brindan asistencia internacional, se justifica este gasto obsceno con el argumento de que los misiles son los mejores del mundo y, por tanto, merecen el desfile. Lo que no merece presupuesto, al parecer, es el contribuyente que paga por esos misiles, ni el empleado federal que los tramita, ni el anciano que espera su cheque.
DC ya anticipa el costo extra, no solo monetario, sino moral. La alcaldesa Muriel Bowser advirtió que si los tanques ruedan por sus calles, también deben venir acompañados de “millones de dólares para reparar las carreteras”. Porque Washington no fue diseñado para soportar esos vehículos blindados. sin embargo, lo que está en juego no solo es el concreto de las calles, sino el concepto del desfile militar. Una república no exhibe su fuerza para imponer miedo a su propio pueblo. Pero eso parece no importarle a quienes miden la grandeza nacional en toneladas de acero y decibeles de explosión.
Y mientras tanto, miles de empleados federales reciben sus cartas de despido. Oficinas federales de servicio vacías, líneas telefónicas silenciadas y servicios congelados. La eficiencia imperial, al parecer, consiste en cesantear al oficinista que aprueba un beneficio médico, mientras se despliega un tanque para entretener a un hombre obsesionado con parecer un tipo fuerte, estilo Putin o el sociópata norcoreano.
Dicen que la inspiración fue el desfile del Día de la Bastilla, hace unos años en Francia, donde acudió invitado por Macron durante su primer mandato. Pero lo que pretende el trompo se parece mucho más a la Plaza Roja que a la plaza de la república francesa. Porque lo que realmente quiere no es un país más fuerte, sino un espectáculo que lo retrate como un emperador o un rey sin corona. El César del siglo XXI, montado en su carro de combate, saludando a las masas con la mueca de quien sabe que lo que arde no es París, sino la democracia estadounidense.
Se me olvidaba: el desfile será el 14 de junio, cuando el trompo cumple 79 años de edad. Presumo que prenderán el biscocho de happy birthday con un lanzallamas.

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